Principios de los años ochenta, una nueva década, nuevas modas (sic), nueva música y sobre todo un nuevo mundo por descubrir, el de los videojuegos. Fue el nacimiento de algo que creció hasta ser lo que es hoy día, pero que en aquel entonces suponía algo diferente, totalmente nuevo. Llegaron los primeros ordenadores a nuestras casas: ZX Spectrum, Commodore 64 y Amstrad…, se convirtieron en aparatos cotidianos de nuestros momentos de ocio y no tan ocio. Al mismo tiempo surgieron los arcade, maquinas con su mueble, su tele y sus mandos para poder jugar. Y aún teniendo en nuestras casas los mismos juegos a los que podíamos jugar en los bares, no eramos tan ingenuos como para no saber que aquellas recreativas eran superiores a nuestras máquinas caseras.
Con ellas aparecieron las primeras salas especializadas, las archiconocidas salas de máquinas o de maquinitas, como prefieras. Allí se juntaban cantidad de estas recreativas, y por el módico precio de veinticinco pesetas (que para los más jovenes aclaro que al cambio son 0’15 euros) podías jugar una partidita. Aunque lo complicado era conseguir esas monedas. Explícale a tu madre que te dé dinero para jugar a marcianitos en vez de ir a estudiar a casa. No es fácil, ¿eh?
En el imaginario de mi infancia guardo un recuerdo muy especial para un lugar que permanece inalterable en la memoria, algo mitificado si me dejo llevar por la nostalgia, pero que indudablemente marcó una etapa de mi vida. Seguramente tú que estás leyendo esto también tienes algún sitio así y aún recordaras su nombre. Yo si lo recuerdo y se llamaba el Finlandia.
El Finlandia era nuestro pequeño paraíso, un pequeño edén repleto de aquellas máquinas con pantallas de televisión y mandos. Y también lo más parecido a un tugurio de los bajos fondos como los que podía ver en la tele. Un lugar que era de todo menos acogedor. Un local lúgubre de unos 150 mts cuadrados, iluminado con fluorescentes desgastados por el uso, y con una cristalera en la pared del fondo, gris como las demás, que si no caía era de milagro. Por no tener, no recuerdo ni que tuviera un cuarto de baño.
El local estaba regentado por dos tipos siniestros, o eso nos parecía a nosotros, y aunque íbamos cada día nunca hicieron nada por saber nuestros nombres o entablar una mínima conversación. ¿Sabéis cuando de alguien se dice que “es agradable”? Bien, pues a ellos seguramente no se lo dijeron en la vida. Pero nos daba igual, es más, ni nos fijábamos en ellos. Para nosotros eran los tipos que nos daban el cambio para seguir jugando y los que venían corriendo foribundos si nos emocionábamos demasiado machacando los botones o jugando al futbolín.
¿Y a que jugábamos con veinticinco pesetas?, la verdad es que en esto los recuerdos son más vagos, pero si me acuerdo de algunas de las maquinitas que nos impresionaron cuando salieron o a las que más nos viciábamos. Por decir algunas:
- Las sesiones maratonianas al Hyper Olympic (1983) de Konami eran el pan nuestro de cada día. Intentábamos ser varios para picarnos a ver quien hacía el record de tal o cual prueba y además repartir el gasto entre todos. ¡Aún no entiendo como sobrevivieron los botones de aquella máquina!
- Un amigo mío estaba totalmente viciado al Elevator Action (1983) de Taito. Se podía pasar horas jugando con un par de monedas. Me gustaba ese juego y, aunque no era de mis preferidos, sí le echaba alguna moneda de vez en cuando.
- Otro al que no dábamos descanso fue el Commando (1985) de Capcom. Rambo y Commando eran los ídolos del celuloide del momento para los chavales, y aquello era lo más parecido a ellos que podíamos tener en nuestras pantallas. A esto añádele que la dificultad estaba tan ajustada que con una moneda podías estar jugando una hora o más y el éxito estaba asegurado. Aún hoy sigue siendo uno de mis arcade preferidos. ¡Qué música!
- Un juego que llegué a dominar como pocos fue el Vulgus (1984) de Capcom. No ha sido uno de los grandes shot-em up de la historia, pero sí que es recordado como un buen juego y tiene suficientes buenos gráficos y sonido para que así sea. A mí en particular me encantaba y estaba buena parte de la tarde absorto ante la pantalla de aquella maquinita. Es curioso, pero me parece que de mi grupo era el único que jugaba al Vulgus y además, ¡llegaba a puntuaciones escandalosas!
- Ghosts’n Goblins (1985) de Capcom, fue el juego que nos gustaba a todos. Y cuando digo a todos, es a todos. Estábamos pendientes del que jugaba para pillar rápido el sitio antes que otro se pusiera a jugar y tuvieramos que seguir esperando. ¡Qué pedazo juego! Si, ya sé que así escrito no es una crítica muy “sesuda”, pero es la mejor manera de describir una de las cumbres de los arcade. Muchas veces imitado pero nunca superado.
Kung-Fu Master, Out run, Operation Wolf, Marble Madness, Zaxxon, Mega Zone, Pole Position, Q-bert, Exed Exes, Green Beret, Hang-on, Shao-lin’s Road, Terra Cresta… estos y muchos otros juegos pasaron por nuestras manos y a algunos nos marcaron lo suficiente como para que hoy aún los juguemos y sigamos en esto de las “maquinitas”.
En el Finlandia pasé grandes momentos con mis amigos, y no sólo con las máquinas. Charlábamos, jugábamos al futbolín, llegaron los primeros cigarros para algunos y como no, las chicas comenzaban a interesarnos… Todo lo que conlleva la adolescencia en un grupo de chavales se vio reflejado en aquel lugar. Pero ya no existe. Lo derribaron y, paradojas de la vida, aquel lugar que propició tantas campanas de clase es hoy un colegio. Quién lo iba a decir. Por donde yo entraba a echar unas partiditas, ahora se va a estudiar.
Y ahora recuerda…. ¿a que tú también tienes un Finlandia en tu vida?
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