El nacimiento de los 8 bits supuso un cambio radical en los hábitos y costumbres de muchas personas, sobre todo en el ámbito del entretenimiento e incluso familiar. Fueron el origen de los videojuegos tal como los entendemos hoy, y sin su aportación seguramente nada sería igual. Hablemos de algunos de ellos…
A veces, por obvio, pienso que nos olvidamos de que gracias al Spectrum, Commodore 64 y compañía los videojuegos pasaron a ser parte de nuestras vidas como algo cotidiano, llegando además a convertirse en una de las industrias más importantes de la economía mundial. Y sí, ya se que antes de nuestras pequeñas máquinas teníamos la posibilidad de jugar en las máquinas arcade de los bares y salones recreativos, pero su radio de influencia no era ni mucho menos el necesario para explotar como fenómeno social definitivamente. El jugón de a pie debía desplazarse hasta el local en cuestión para poder echar algunas partidas a su juego preferido, amén que era necesario un despendio económico que no siempre encontraba respuesta en los progenitores. Dos hándicaps que se solucionaron…
Con la llegada de nuestras máquinas todo cambió. Teníamos la posibilidad de jugar a aquellos fantásticos juegos en nuestro propio salón de estar, en nuestra habitación, y ¡no debíamos pagar por ello en cada partida! El precio de nuestros ordenadores permitió que aquella afición dejara de ser considerada elitista y que cualquier familia o persona con un mínimo de ingresos tuviera la posibilidad de disfrutar de una de aquellos artefactos en su hogar. La fiebre se fue extendiendo, cada vez conocíamos a más gente con nuestra misma afición, los medios informativos se hacían eco de ello y proliferaron las revistas especializadas.
Comenzamos a intercambiar los juegos cuando ya habíamos terminado con los nuestros, y así ahorrábamos para otros lanzamientos o accesorios. En definitiva, los 8 bits estaban cambiando nuestra sociedad y a nosotros sin que nos dieramos cuenta. ¡Y eso que solo eran entretenimiento!Poco a poco la sed de nuevos juegos crecía sin mesura, y aunque el número de lanzamientos por parte de las compañías podía saciarla en parte, había un importante hándicap de difícil solución: era imposible comprarlo todo. Y claro, los que de verdad comenzamos a amar aquella afición teníamos la necesidad de tener todo lo que saliera al mercado, aunque después quedara relegado al olvido en una polvorienta estantería. El remedio a nuestro mal lo conocemos todos y vino de la mano de la piratería. Oh! el gran demonio que iba a terminar con todo aquello, destruiría a la industria, a las editoras, a las distribuidoras, a… ¿pero no dijimos al principio que ahora es una de las industrias más potentes económicamente? Efectivamente lo es y lo seguirá siendo, pero ya entonces todos los sectores implicados intentaron inculcarnos un sentimiento de culpa y un cargo de conciencia que aun hoy es su arma predilecta en contra de tal práctica. Es parte de la hipocresía que impregna esta sociedad, tan ávida de beneficios económicos a costa de las libertades individuales, pero… me estoy desviando del tema…
Con la piratería crecieron los clubs de videojuegos, donde podías alquilar una cinta de la que te harías una copia con la doble pletina en tu casita; los lugares de reunión, principalmente en fines de semana, donde nos juntábamos los mismos de siempre con nuestras copias dispuestas para ser vendidas a los padres que se dejaban caer por allí con sus hijos. En mi caso era el Mercat de Sant Antoni en Barcelona, un lugar que recuerdo con un cariño especial y que continué frecuentando hasta la época de los 32 bits. También estaban las tiendas donde vendían copias piratas expuestas sin ningún pudor en las estanterías del local y a unos precios lo suficientemente atractivos como para que valiera la pena comprarlos.
Se publicaron decenas de programas copiones y cargadores que facilitaban que te hicieras una copia de aquel juego. Salió el programa de carga turbo en Commodore que además de ayudarte en las copias, hacía que se cargaran los juegos mucho más rápido. Incluso se crearon artilugios e interfaces para unir unidades de datasette o de radiocassette por si no tenías una doble pletina. Incluso, había publicaciones que les cambiaban el nombre a juegos comerciales y los ofrecían en las cintas que las acompañaban (¡mira que llamar La casa de Jack al Jet Set Willy!).
Y así nació el coleccionismo compulsivo de videojuegos, cuyo único fin era conseguir todos los juegos que pudiéramos, la mayoría de las veces sin importar su calidad, pero con un efecto secundario que me ha acompañado el resto de mi vida: que no podías jugar a casi ninguno. Efectivamente, era tal el afán por conseguir nuevos programas que ocupábamos la mayoría de nuestro tiempo libre en ir a la casa de uno o de otro a copiar la última novedad o en ir a buscarla a las tiendas y clubs, de manera que nos quedaba muy poco para poder disfrutar de ellos. Y cuando tenías un ratito para jugar, a la que te ponías siempre acababas jugando a los mismos juegos (ay, mi querido Turrican).
Por otra parte se dio otro fenómeno que se ha ido transmitiendo de generación en generación hasta hoy día y que al mismo tiempo considero tan absurdo como simpático. Hablo de la competencia entre los poseedores de las diferentes máquinas, si, con las famosas frases mi Spectrum es mejor, el C64 tiene mejores gráficos, mi Amstrad es lo mejor de lo mejor, MSX es el futuro, etc. ¿A que pronunciaste alguna de ellas o parecidas?
El primero en dar el golpe fue el ZX Spectrum como todos sabemos, pero el pastel comenzó a repartirse en cuanto salieron nuevos comensales como Commodore, BBC micro, Amstrad, etc… con ganas de tener su parte. Por suerte para ellos era un mercado totalmente virgen y había posibles compradores para todas y cada una de las opciones que teníamos a nuestro alcance. En esto las publicaciones especializadas tuvieron parte de responsabilidad y decantaban la balanza según les interesaba. Es indudable, por ejemplo, que el hecho de que Sinclair tuviera mayor cantidad de revistas dedicadas a sus máquinas fue un empujón decisivo para su triunfo en Inglaterra. Crash, Your Sinclair, Sinclair User coparon los kioscos durante meses y facilitaban la posibilidad de incluir gran cantidad de publicidad de nuevos lanzamientos o periféricos. Zzap64, Amstrad Action o Amstrad Computer User hacían lo que podían, pero no consiguieron atraer mayor número de usuarios a sus marcas, aunque sí fidelizarlos. El caso de C&VG es diferente, no se casó en exclusiva con nadie y abarcó todo el mercado. A esta última le guardo un cariño especial y aun recuerdo el viaje a principios de cada més hasta el kiosco del centro donde la importaban para pillar el último número.
De esta manera, poco a poco, además de conocer a otra gente con tu mismo ordenador y jugar a los mismos juegos, también podíamos ir a casa de amigos con la computadora de la competencia, e incluso jugar a diferentes versiones de un mismo juego y compararlas. Ah, que grandes momentos. Para cada uno su máquina era la mejor; escondíamos los defectos y exaltábamos sus virtudes sin rubor alguno. Es evidente que todos sabíamos de las carencias y cualidades de cada una, pero eso no importaba para que siguiéramos considerando que nuestro ordenador era el mejor.
ZX Spectrum con su increíble cantidad de software, Commodore 64 con sus características técnicas superiores, Amstrad como un potente todo en uno y MSX jugando en su propia liga. Estas eran sus bazas fuertes en principio, pero no siempre eran bien utilizadas; muchos de los juegos de Speccy eran deplorables, juegos de C64 que eran mucho mejores en otras máquinas, Amstrad que se empachó de conversiones sin explotar lanzamientos propios y MSX que no supo encontrar su propio camino y acabo perdiéndose (en parte). Es decir, un conjunto de claros y oscuros que daban margen suficiente para que pudiéramos gastar horas y más horas comparando y discutiendo sobre nuestros amigos los computadores. En el fondo, siempre he pensado que todos teniamos un poso de envidia y que nos habría gustado tener ese otro ordenador que tenía nuestro amigo junto al nuestro.
Atari vs. Amiga, Snes vs. Megadrive, Playstation vs. N64, PS2 vs. Gamecube, PC vs. Consolas; si, el pique continúa, pero no olvidemos que comenzó hace 25 años, con los 8 bits.
Por suerte, yo me di cuenta a tiempo de que lo importante no eran las máquinas sino los juegos que podíamos disfrutar en ellas, indiferentemente de si lo hacíamos en una u otra. Yo me quería divertir, sorprenderme con nuevos lanzamientos, enfadarme cuando perdía y alegrarme cuando ganaba, picarme con los amigos… en definitiva, quería jugar.
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Recuerdo muchos momentos de pequeño en los que quedaba alucinado ante el avance de los videojuegos. La primera vez que vi una Game Watch (me encantaba el Donkey Kong), cuando mi mejor amigo se compró una Videopac (tendría yo unos ¿5-6 años?), cuando en una feria de informática en Aranjuez casi consigo que mis padres me compraran un ZX81 (luego unos años después me obsequiaron con el “gomas” de 48k),… Y el Commodore fue siempre una máquina mítica para mí, aunque casi no jugué en vivo con ella (sí con el Amstrad, que tenía más difusión). Sin embargo, los estadounidenses tienden a ignorar soberanamente los ordenadores europeos y a glorificar el Commodore cuando es justo reconocer que el ZX Spectrum ganó aquella generación, por su impresionante catálogo. Le pasó lo que a la GameBoy: no era la mejor pero sí la más versátil y la más amigable.