14 dic.2009
 

En el mundo de los adultos ya sabemos que los lugares mágicos andan un poco escasos, pero cuando se es un niño somos capaces de descubrir imposibles rincones donde cualquier cosa especial puede ocurrir en un instante. Y en este imaginario infantil de la fantasía un lugar destaca por encima de los otros, las buhardillas, y si no ¿quién siendo niño no deseó subir al desván para ver qué maravilloso tesoro se escondía tras la penumbra y bajo polvorientas sábanas?  Ya le ocurrió a Bastian en La historia interminable, donde vivió inimaginables aventuras a través del libro que “tomó prestado” en aquella lúgubre librería y que leyó escondido en el altillo de su colegio, bajo una manta y a la luz de un pequeño tragaluz. Y ahora te ocurrirá a ti, aunque aún no lo sabes…
Aquella lluviosa tarde nuestro protagonista, al que llamaremos Elric, decidió ir a visitar a su abuela. Merendaron un delicioso chocolate caliente y tiernos bizcochos, como sabía la dulce anciana que le gustaban a su nieto, y tras una larga charla  esta se quedó dormida en su butaca, así que atraído por la curiosidad Elric subió a la buhardilla y comenzó a indagar entre todas aquellas antiguallas. De repente, bajo una pila de postales y fotos dio con un polvoriento y maltrecho libro que por alguna extraña razón le pareció diferente al resto. Enseguida lo abrió y vio que era la historia del mágico mundo de Heartland, un lugar poblado por magos y monstruos, por caballeros y villanos, un mundo que escribía su historia en aquel libro a medida que transcurría.

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